Inmodiario

  • OPINIÓN

Pedro Rubio Domínguez
Director General de Grupo MCN

El tercer milenio, del cual llevamos ya ocho años, emerge nuevamente como un reto permanente, y se nos sigue apareciendo—como cuando hacíamos previsiones de lo que ocurriría a partir del 2000—mostrándonos grandes oportunidades y también grandes incertidumbres.

Hasta 2004 la demanda de viviendas registró una espectacular evolución, muy rápida. Se pasaron de las 300.000 viviendas construidas aproximadamente al principio de la década de los 90, a casi 600.000 de media anual en esos primeros cuatro años. Si se construía a ese ritmo era porque el mercado de oferta aumentaba en función de la demanda. Entonces los analistas justificábamos este desbordante crecimiento a una ley natural del mercado: A más demanda, mas pisos.

Aquella demanda, sin duda alguna se produjo en gran medida porque aparecieron en el panorama de adquisición de viviendas nuevos componentes, que rompían el vaticinio de que al envejecimiento de la población le seguiría una bajada en la creación de nuevos hogares, por la disminución del crecimiento vegetativo de la población. Pero lo que ocurrió entonces echaba a bajo esta teoría, porque la entrada de inmigrantes y la tendencia a la reducción del tamaño medio de las viviendas fueron los promotores de aquel nuevo panorama.

A todo ello se añadía las favorables oportunidades de compra por parte de los ciudadanos, al poder adquirir una vivienda, cuyos pagos equivalían al precio de un alquiler, debido a los bajos tipos de interés que incidían en el endeudamiento a largo plazo. Otro factor importante del aumento de la demanda fue la adquisición de segundas residencias, tanto por parte de los españoles, y de tipo turístico o de residencia permanente en nuestro país, por parte de los extranjeros. Y a este clima favorable que estamos comentando, se unía el carácter especulativo de las operaciones de compra de inmuebles, frente a otras alternativas de inversión, como la Bolsa, los Fondos o las pasivos a plazo en la Banca.

Esta situación pasada queda en nuestros recuerdos como un viaje alucinante que entonces parecía que nunca iba a acabar pese al aviso continuo de que en algún momento estallaría la tan cacareada “burbuja inmobiliaria”.

Bien, si todo lo que hemos comentado es cierto, pese a quien le pese, porqué los promotores de viviendas, los propietarios de los terrenos, el Gobierno, las Comunidades Autónomas, los Ayuntamientos, la Federación Española de Municipios y Provincias, los inversores, los solicitantes de capital, las empresas de tasación, etc. no ofrecieron una lección de humildad e ignoraron los graves vaticinios que se cernían en el panorama de nuestro Sector y de nuestra Economía.

Ahora se dan cuenta de que se han equivocado y reconocen que en vez de satisfacer entonces las necesidades reales del consumidor, apostaron desde el origen en aquella carrera sin obstáculos, por la obsesiva obtención de beneficios.

El final de esta historia ya la conoce el lector.